La tristeza sostenida puede afectar a la salud cerebral y aumentar el riesgo de enfermedades neurológicas
Más del 10 % de la población adulta en España afirma sentirse triste o descontenta siempre (2 %) o la mayor parte de las veces (8,5 %), según la Encuesta poblacional sobre hábitos cerebro-saludables de la población española realizada por la Sociedad Española de Neurología (SEN). Los datos también muestran diferencias relevantes por género y edad: las mujeres declaran sentirse tristes con mayor frecuencia que los hombres y la población joven, especialmente entre los 18 y 34 años, presenta niveles más altos de tristeza sostenida que los grupos de mayor edad.
Los especialistas recuerdan que el estado emocional está estrechamente ligado a la salud cerebral. Mantener una actitud positiva y cultivar el buen humor contribuye al bienestar del cerebro, mientras que la tristeza prolongada puede provocar cambios químicos y estructurales en él. Cuando este estado se mantiene en el tiempo, disminuyen neurotransmisores clave como la serotonina, la dopamina o la noradrenalina, y también puede reducirse la densidad de la sustancia gris, lo que afecta a la comunicación entre neuronas.
Estas alteraciones pueden tener consecuencias tanto a corto como a largo plazo. En el día a día pueden aparecer dificultades para concentrarse, recordar información o gestionar las emociones. A largo plazo, y especialmente cuando deriva en depresión, este estado puede aumentar el riesgo de desarrollar diversas enfermedades neurológicas, como el ictus o el párkinson. Según el informe “Depresión y Neurología” de la SEN, haber sufrido depresión incrementa significativamente el riesgo de padecer determinadas patologías: el riesgo de ictus aumenta un 66 %, el de desarrollar epilepsia se duplica, y el riesgo de padecer párkinson puede triplicarse. Además, cerca del 60 % de las personas con depresión experimentarán cefalea o migraña a lo largo de su vida.
La depresión también puede empeorar la evolución de enfermedades neurológicas ya existentes, aumentando el deterioro cognitivo y la discapacidad en patologías como el alzhéimer o la esclerosis múltiple, así como la gravedad de crisis en ictus o epilepsia.
Por todo ello, los especialistas insisten en la importancia de cuidar la salud mental como parte fundamental del cuidado del cerebro. Mantener hábitos de vida saludables, prestar atención al bienestar emocional y buscar apoyo profesional cuando sea necesario son pasos clave para prevenir problemas neurológicos y mejorar la calidad de vida.